No había razón para salir del
pensamiento cotidiano. Para ponerle atención al entorno. Sin embargo algo
cambió. Y ahí estaba. Un perfecto desconocido que cuando percató la mirada solo
lanzó una sonrisa sin saber hasta quien llegaría. Lo que de un solo momento se
convirtió en un sello. Algo que no se podrá olvidar.
Y así. Cada vez verlo salir,
hablar y sonreír distraía a mi alborotada mente. En mi vida había querido
encontrar una persona con quien soñar sin que lo supiera. Y he lo ahí parado
casi junto a mí. Sin saber que le escribo.
Compararlo con un sentimiento que
confunda al corazón. Y lo más bello es no saber. No sentir. Que hay alguien que
se va a morir por besar su boca. De lejos. En las tinieblas de la ignorancia.
De un ardor que en su brazo el fuego me aprisiona. Esperar al siguiente día
para volverle a ver. Sentir culpa por no poder, por tener ocupado el corazón. Y
de que solo verlo se llega a pensar que quizá sólo por él se pudieran probar
los sabores de la promiscuidad.
Pero no hay que decir nada. Todo un secreto.
Será como aquel amor de tu vida que ves al bajarte del vagón en el tren. Se
cierran las puertas y no lo vuelves a ver. Pero es inevitable ver sus ojos.
Apagados y dulces. Su sonrisa ligera. La forma despreocupada de aparecer, de
estar e irse. Dejando una estela de ganas de querer mirarle más. Lo sabrá?
Cómo
sería escuchar su voz de cerca? Conocer el olor de su cuello. Ya no ver sus
ojos de lejos. Probar su boca. Oh no. Ya voy a empezar a desvariar. Pero en
esta distancia es perfecto. No da miedo. No genera confusión. Quizá solo
adicción. Pero pues qué más da. Si nunca lo sabrá. Seguiré deleitándome con su
esporádica presencia.
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