Después de tanto insomnio. De tantos y tantos restos de heridas desbordándose
en la madrugada. Desperté extrañándote. Soñar hasta llegar a no saber quién
soy, no saber quién eres. Desconocer mis sentidos, mis latidos, mi piel. Despertar
y saber que no podré tener abstinencia de ti.
Despertar. No poder necesitarte por no poder tenerte. Quiero dormir aun más. Para volver a
tenerte entre recuerdos, sueños casi reales. Ya basta de robarle momentos al
alba, a la noche, a la madrugada. Las cicatrices se van desvaneciendo mientras
tu boca se desliza por mi cuello, por mi espalda. Así como tus manos le
enseñaron a las mías que aprendieron demasiado bien y demasiado rápido.
Sintiendo tu calor que me
envuelve por los hombros y tus manos que caminan provocándome frio recordando
que solo es el viento entrando impune por la ventana.
Vendí las alas para poder
convertir la imaginación de mi atormentado corazón en la realidad de tus besos
estrellándose en mi frente. Se van convirtiendo tus brazos los únicos que
pueden protegerme y ahora estoy indefensa siendo propensa a caer como víctima
de este mundo cruel.
Eres la herida que cura
haciéndome sangrar de nuevo por no quererla cerrar, sangrando rodeada de un
bello aroma perturbador. Me descarno en cada centímetro de distancia y me
arrastro en el agua de mis fugas saladas hasta el momento en que tu calor
evapora mi frio en un torniquete febril que giras al rededor de mí.
Vuelvo a respirar despacio
después de haber perdido el aliento para no esfumarte con el aire que en su
melodía pronuncia tu nombre. Ambos se desvanecen como cuando las cenizas de mi
hoguera se extinguen y te ve partir. A lo lejos, en mis sueños. En la profundidad
de mi almohada.