Poco a poco se fue desmoronando. Girando despacio en el vacío. Cubriéndose a la menor provocación. Estaba exahusta y deseaba simplemente permanecer en paz un momento. Comía aire, repiraba viento. Veía destellos de oscuridad que se notaban en plena noche sin luz alguna. Siguiendo su silueta con el frío que caminaba. Tropezando en cada rincón de la habitación.
Chocaba con las palabras nunca dichas por su boca pero pronunciadas por aquél sin misericordia. No había justificación para tanta tristeza pero todo lo que sucedía la consumía y la ahogaba en una existencia sin razón.
Y cuando todo iba mal simplemente continuaba adelante porque él le daba fuerzas para seguir. En los malos ratos escuchar su voz llenaba todo de calma.
Cuando ella sentía que iba cargando el cielo negro de lluvia él la liberaba. Todo se volvía soportable. A escondidas de su mente fría y calculadora lo llamaba con el pretexto de sólo querer saludarle pero escucharlo le devolvía la cordura necesaria para seguir caminando en este mundo cruel.
Ahora todo era distinto. La bella y protectora oscuridad se había vuelto en su contra y se portaba como lo más intolerable porque torturaba cada espacio de su ser con sus destellos. Le ardía y dolía cada lugar que tocaba esa oscuridad sola.
Donde no había ni estaba la respiración de él. Se consolaba pobremente recordando el día en que lo había conocido. Lo veía ahí parado junto a la puerta de cristal con el casco en la mano. Esperando igual que ella.
Revivía lo mal que le había parecido su actitud durante los primeros días. Se avergonzaba otra vez un poco por haber planeado la manera de llamar su atención.
Se enfadaba de nuevo con aquel comentario tan ofensivo sobre ella. Se le erizaba la piel con pensar en las primeras veces que la rosó siquiera por accidente. Y después aquel interrogatorio donde sin necesidad de una ronda de nueve pudo decir lo que él provocaba en ella.
Después de eso ya no hubo marcha atrás y su vida ya jamás fue la misma. Por más que intentó alejarse de sus pensamientos y sentimientos no logró absolutamente nada. Sólo hundirse más en aquello que alguien o algo planeó para ambos.
La rabia de no entender las razones que había par amarlo le reventaban la cabeza y le destrozaban el alma. No entendía el por qué de ese amor. Aun peor, no entendía el por qué del te amo que salía de su boca que le desmembraba la noción de existir. Por qué amar a alguien equivocado? Por qué andar diciendo te amo por la vida como regando flores? Se perdía memorando las tardes junto a él.
Los besos de la puerta a su locura inmensa. Aquellas noches de demencia, los besos robados a la fuerza, los negados, los trozos de alma bailando en el aire. Las canciones en la calle. Los días nefastos. Las despedidas sin fin. Los obsequios. Las desilusiones. Las pasiones desbordadas y abandonadas a su suerte. La soledad que tanto ella amaba se revelaba contra ella y la hacía sufrir tanto como respiraba.
La desdichada y desgraciada chica se retorcía poco a poco y en silencio y en gritos pequeñitos asfixiantes, silenciosos pero ensordecedores. Llacía en la esquina maldita de su habitacíon. Junto a esa ventana donde él solía observarla.
No podía más con los recortes en su mente de los momentos de una tarde, de un día lejos la luz de la Luna, de una fiesta, de toda una noche a su lado. Había perdido toda esperanza ya. Toda fuerza para lograr safarse de esa pesadilla.
Aquella chica se desvaneció poco a poco junto con el aire y un poco de cenizas, de moronas de ella. Sintió un alivio en sus ojos, en su boca, en su garganta, en sus puños, en su alma. Recordaba aquel sueño como si lo hubiera vivido siempre. Estaba en lo alto de un edificio y quería desaparecer...
Chocaba con las palabras nunca dichas por su boca pero pronunciadas por aquél sin misericordia. No había justificación para tanta tristeza pero todo lo que sucedía la consumía y la ahogaba en una existencia sin razón.
Y cuando todo iba mal simplemente continuaba adelante porque él le daba fuerzas para seguir. En los malos ratos escuchar su voz llenaba todo de calma.
Cuando ella sentía que iba cargando el cielo negro de lluvia él la liberaba. Todo se volvía soportable. A escondidas de su mente fría y calculadora lo llamaba con el pretexto de sólo querer saludarle pero escucharlo le devolvía la cordura necesaria para seguir caminando en este mundo cruel.
Ahora todo era distinto. La bella y protectora oscuridad se había vuelto en su contra y se portaba como lo más intolerable porque torturaba cada espacio de su ser con sus destellos. Le ardía y dolía cada lugar que tocaba esa oscuridad sola.
Donde no había ni estaba la respiración de él. Se consolaba pobremente recordando el día en que lo había conocido. Lo veía ahí parado junto a la puerta de cristal con el casco en la mano. Esperando igual que ella.
Revivía lo mal que le había parecido su actitud durante los primeros días. Se avergonzaba otra vez un poco por haber planeado la manera de llamar su atención.
Se enfadaba de nuevo con aquel comentario tan ofensivo sobre ella. Se le erizaba la piel con pensar en las primeras veces que la rosó siquiera por accidente. Y después aquel interrogatorio donde sin necesidad de una ronda de nueve pudo decir lo que él provocaba en ella.
Después de eso ya no hubo marcha atrás y su vida ya jamás fue la misma. Por más que intentó alejarse de sus pensamientos y sentimientos no logró absolutamente nada. Sólo hundirse más en aquello que alguien o algo planeó para ambos.
La rabia de no entender las razones que había par amarlo le reventaban la cabeza y le destrozaban el alma. No entendía el por qué de ese amor. Aun peor, no entendía el por qué del te amo que salía de su boca que le desmembraba la noción de existir. Por qué amar a alguien equivocado? Por qué andar diciendo te amo por la vida como regando flores? Se perdía memorando las tardes junto a él.
Los besos de la puerta a su locura inmensa. Aquellas noches de demencia, los besos robados a la fuerza, los negados, los trozos de alma bailando en el aire. Las canciones en la calle. Los días nefastos. Las despedidas sin fin. Los obsequios. Las desilusiones. Las pasiones desbordadas y abandonadas a su suerte. La soledad que tanto ella amaba se revelaba contra ella y la hacía sufrir tanto como respiraba.
La desdichada y desgraciada chica se retorcía poco a poco y en silencio y en gritos pequeñitos asfixiantes, silenciosos pero ensordecedores. Llacía en la esquina maldita de su habitacíon. Junto a esa ventana donde él solía observarla.
No podía más con los recortes en su mente de los momentos de una tarde, de un día lejos la luz de la Luna, de una fiesta, de toda una noche a su lado. Había perdido toda esperanza ya. Toda fuerza para lograr safarse de esa pesadilla.
Aquella chica se desvaneció poco a poco junto con el aire y un poco de cenizas, de moronas de ella. Sintió un alivio en sus ojos, en su boca, en su garganta, en sus puños, en su alma. Recordaba aquel sueño como si lo hubiera vivido siempre. Estaba en lo alto de un edificio y quería desaparecer...