Pasan los días y me sigo preguntando. Qué fue lo que estuvo mal? Qué debí hacer? Qué no debí hacer? Cómo fue que todo pasó?
Un día después de decir adiós, al despertar, sentí que algo había hecho mal. Pensé en que tal vez me había equivocado diciéndote adiós. Tal vez haberme alejado era algo que no debí hacer. Pero el alivio en mi pecho decía lo contrario.
La sensación de haber despertado de una pesadilla muy larga me invadía. Fuiste pesadilla, fuiste un sueño hecho realidad. Pero eso y nada más. Nunca fuiste la realidad que esperaba. Que imaginaba que sería.
Recordé aquellos momentos, todos los que pasé contigo para olvidarlos después. Sólo hubo uno que no quiso desvanecerse.
Aquél en donde me decías que me amabas y que podías sentirme pero que yo no era feliz con eso. Me preguntabas el por qué y contestaba que no sabía. Que tal vez te equivocabas porque sí, me sentía muy feliz. Tanto que no lo podía creer.
Pero a de más de todo tenías razón. Mentí. No era feliz del todo. Sabía que esto iba a pasar. Sabía que esto se iba a acabar. Que no volvería a haber momentos como aquella hermosa vez con los pies en el agua contándome y maravillándome con tus secretos.
Escuchando como en un sueño que me amabas. Que no querías perderme. Que te quedarías siempre conmigo. Que no te irías. Que no me dejarías sola. Sabía bien que eso no pasaría.
Nos mentimos los dos.
Yo lo sabía pero tuve esperanza y quise creer que tal vez no sería así. Ahora veo que no fuiste el único que me dijo mentiras piadosas.
Por qué me engañé tanto?
Ahora me encuentro inconsolable. Nada logra sacar esa imagen de mi mente. Ahí los dos recostados frente a frente mirándonos a los ojos y tratando de descifrar más allá de lo que podíamos ver a simple vista.
Mi rostro sólo puede mostrar mi confusión y frustración de no saber. De no tener idea de qué fue lo que pasó. Lo que en realidad pasó. Quién mintió primero? Quién?
Inconsolable. Así me siento. Así está mi corazón, mi alma, mi mente, mi cuerpo.
Y mira. He vuelto a ser la frágil muñeca de porcelana escondida bajo un escudo de fuerza, de impenetrabilidad, de seriedad, de fingimiento.
Desahogando mis penas escribiendo en soledad. Maldiciendo todo aquello que es felicidad, alegría y bienestar ajeno. Diciendo que todo es falso, que nada es cierto. Que yo lo sé y que todo así es. Cerrándome a todo.
Escondiendo el dolor de los ojos curiosos y burlones de los que me rodean. Mostrando una advertencia a distancia para que nadie se me acerque.
Me siento tan ridícula porque me comporto tan infantil, tan ardida, tan no yo. Tan cómo siempre busqué no ser.
Así me la pase escribiendo todo lo que siento. Tratando de encontrarle pies a lo que no tiene ni cabeza. Nada va a cambiar. Todo seguirá igual. No volverás. No volveré.
Ya nos hemos ido para no regresar.
Seguiré así… Inconsolable.
0 comentarios:
Publicar un comentario