viernes, 15 de mayo de 2009

Sueño de Azul intenso.

Tirada en el piso llena de lágrimas y agua de la regadera a mi alrededor. Tratando de despertar al inerte de mi cuerpo, mis sentidos y nociones del tiempo y el espacio. Perdida en un laberinto de oscuridad corriendo sin dirección ni importancia. El adormecimiento de mis ojos inmóviles que habían perdido la sensación de ardor y la necesidad de lubricar con un breve parpadeo es el gesto más inminente del entumecimiento de mi alma y mi ser.
Cuando de repente de entre las sombras blancas, grises y negras; brillantes y opacas, una silueta se apiada de la imagen mía; rota y vacía de toda vida. Se acerca lentamente hasta llegar casi frente a mí ahí tirada como muerta. A la distancia de un paso se arrodilla junto a mí y con lentitud se mueve hasta tocar mi mejilla y mi frente, casi medicamente, emitiendo un leve suspiro alborotando los charcos de agua clara bajo de mí haciendo pequeñitas ondas que se movieron rápidamente en ellos.
Removió los cabellos mojados de mi cara, me acaricio la frente, notando el frio que me había invadido desde el centro de mi alma hacia afuera de todo mi ser. Su mano fría mandó señales tenues de sensibilidad en los bordes de mi rostro. Cabellos rojos que caían sobre sus mejillas ocultando su perfil. Piel blanca que combinaba con la helada mía y un hermoso resplandor azul que cayó de sus ojos a los míos. Un gesto de dolor llenó de curvas su frente.
Sus brazos toman los míos y con un pequeño esfuerzo me sentó junto a su regazo, recargados en la pared, la manera protectora contra el agua que caía como cascada ahora sólo de mis rodillas a los dedos de los pies con la que me albergaba era casi maternal. Mis labios amoratados no dejaban de repetir que “se ha ido” y un “no me dejes” intermitente.
Al instante me presionó contra su pecho en un gesto de ternura y de consuelo con un tenue “shhh” y movimiento que nos mecía de un lado a otro cariñosamente. Un apretón más dulce intentó regresarme la conciencia cuando su mejilla aplastó los enmarañados cabellos mojados de mi cabeza instalada a la altura de su pecho y cuello. Junto con un frote suave de arriba abajo en uno de mis brazos, un frote que no se sentía más que como un ademan de mímica ante la inestabilidad que reinaba de mi cuerpo.
Sólo el único sonido que existía con eco real de las gotas cayendo a mis pies se escuchaba aunque mis oídos no reaccionaran. Un tamboreo insistente retumbó, poco a poco, levemente en mis oídos acostumbrados hasta ese momento a un agudo zumbido. Su respiración entrecortada comenzó a pedirle que reaccionaran a mis sentidos.
Por fin, después de un largo intento silencioso, el calor de su pecho inicio a lograr derrotar a mis parpados necios de no cerrarse, rindiéndose ante la pesadez y dolor de las pupilas dilatadas. Se entendían unas palabras a la distancia cuando una luz blanca y segadora fue lo último que reconocieron mis ojos. “¡no!, no lo hagas, mírame. ¡Mírame!” y sus dedos preocupados apretaron mi mandíbula dirigiéndome hacia su rostro. “abre los ojos, ¡vamos!, Ana, ¡ábrelos!”
No lo hice. La voz era convincente y me obligaba. Pero no lo hice. En respuesta mis brazos caídos a lado del contorno de mi cuerpo me gritaron que estaban ahí, pegados a mí. Empezaron a elevarse torpemente buscando el sentido de algún tacto que no fuera el piso frio y mojado. Uno se dirigió por detrás de su espalda dejando pasar mi hombro por debajo de su brazo y la otra por su abdomen buscando a mi mano detrás de él. No la encontró. Mejor mi mejilla se acomodo en busca de más calor. Esos eran signos de vida. Tal vez un poco de conciencia. “Estarás bien” dijo de nuevo esa voz ahora más audible y cruzando su mano hasta mi cabeza oprimiéndola contra su pecho y soltando caricias en ella.
Su brazo que sostenía la mitad de mi cuerpo entumido me estrecho un poco más y el otro me atrapó en un abrazo protector levantándome hacia un poco más cerca de su barbilla. El dolor del frio y de algo más iba cediendo hundiéndome en los huecos de su cuello abrumándome con su aroma en cada respiro. Incitante y seductor sin saberlo y aun sin moverse.
Una parte de mí despertó al respirarlo, como oxigeno con droga en cada vena de mi pecho. Mis dedos caminaron hasta sus hombros con pasos torpes pero decididos. Dedos que al final se hundieron perdiéndose en su cabello rojo de ondas, enredándose entre ellos para no salir. Su piel se mostró áspera poro tras poro ante el contacto, como una ola que baña y seca una roca cuando la toca.
La parte más despierta de mi movió la cabeza despegándome de su cuello tibio. Movimientos aturdidos recorrieron con la punta de mi nariz desquiciada y tranquila el camino marcado por su aroma, sendereando la yugular. Su rostro tranquilo y triste se inmovilizó en un gesto extrañado y diferente ante el movimiento de mi cara en sus hombros. Descendió un poco el mentón.
Un sentimiento ajeno a mi estado depresivo del principio del encuentro despertó mis extremidades guiándome con agilidad hacia su mandíbula. Mis labios comenzaron a quemarse con un extraño ardor, entrecerrados y deslizándose por su barba que picaba indicando la cercanía de su boca. Sus labios se abrieron y los míos los rozaron pausadamente toreando a su boca. Mi cuerpo restante se incorporó sin vida poco a poco mientras me sostenía con su hombro hasta alcanzarlo y cambiar de las piernas a las rodias contra el piso sosteniéndonos uno frente al otro.
Lo único que entendió mi mente fue que lo besaba una y otra vez con un deseo súbito de mi parte proveniente de alguna parte desconocida. Tal vez de mi dolor. Y una ternura inentendible en ese momento que luchaba contra ese deseo. Una calidez tranquila y corrompida proveniente de su intensión que se dejaba llevar por instantes cada vez más largos.
Mis ojos volvieron a abrirse junto con mi boca y un sonido mudo mientras sus pestañas largas y claras rozaban parte de mis pómulos. Los cerré de nuevo. Pero la impaciencia de ver sus ojos mirarme pesaba. Mis manos separaron su cara de la mía obligándolo a mirarme. Abrió sus parpados para dejar asomarse a esos increíblemente bellos ojos azules e intensos confundidos y alegres. Nos miramos por uno segundos más y volvía torear a su boca. Cansado del juego hundió los dedos en mi nuca, entre mi cabello, sosteniendo mi cabeza con fuerza intimándome a acercarme otra vez.
El choque de los labios y las comisuras dejaron visiblemente indefensa a la intensidad de lo que estaba pasando en ese momento. Sosteníamos nuestros rostros con la mano uno del otro inyectando un poco mas de presión al movimiento. Una de mis manos apareció mágica y cansadamente en su cintura buscando el borde de la playera justa y oscura que llevaba. La otra bajó por su mejilla recorriendo su cuello, su hombro, su pecho, hasta llegar al abdomen y estacionarse en las protuberancias de los huesos sobre expuestos en su piel de la cadera.
Siguieron ambas deslizándose provocadoramente por debajo de la playera sintiendo su piel una vez más erizarse ante el contacto repentino de mi piel. Sus manos aun seguían en mi rostro. Las rodillas nos gritaban por comodidad mientras su playera salía gracias a mis manos un poco desesperadas por su cuello interrumpiendo la calidez de sus manos en mi rostro y la temperatura de nuestras bocas. Mi mano que sujetaba la dichosa playera la arrojo a un lado de nosotros sin ninguna preocupación ni esfuerzo.
Estaban libres ambas manos para explorar los rincones de sus costados entorpecidos por las costillas agitadas de su respiración acelerada y dura. Sus manos reaccionaron a las acrobacias de las mías buscando la cintura, bajando por los brazos desnudos y erizados también, cambiando hacia la espalda para pegarme a su piel tibia. Encontrando mi columna estacionándose entre ella y las piernas apretando en su dirección con fuerza.
La cordura era ya algo perdido para nosotros en esos momentos. Mi mente ya no quería saber nada más. Sus manos repitieron el proceso un par de veces sin dejan de haber tocado ningún lugar de mi anatomía hasta plagiar la idea de la playera que aun seguía mojada y justa en mi. El botón del pesado pantalón gris oscuro se vio desintegrado de su lugar por sus dedos en mi cadera.
Los colores se volvieron opacos, oscuros y de repente todo ya era oscuridad. No había más que la luz tenue de la Luna fuera de la ventana ahumada confundida con un farol colgada del techo. Las rodillas ya no dolían. Ahora los pies empapados y aferrados al mosaico de granito. Mi cuerpo había resucitado gracias a sus manos y a los sentimientos ajenos a mi entendimiento. Sus manos se aferraban a mis brazos contra la que ahora era la pared helada en mi espalda y las gotas que nunca dejaron de caer sobre nosotros.
La pasión se agotaba levemente por momentos. Momentos sustituidos con una dulzura que no lograba ni quería entender. Momentos casi segundos pero capaces de petrificar mis movimientos frenéticos hacia su persona sin rastro de prenda alguna impidiendo la cercanía de mi piel y la suya. Tanto, que ahora quien se desmoronaba en los huecos que hallaba a su paso mientras yo reaccionaba era él cuando precisamente exploraba mi cuello deteniendo su acelerado aliento para provocarme escalofríos al arrojarlo lentamente por mi piel.
La otra parte de mi empezó a preguntar con voz agonizante y ronca. ¿Dónde quedaron los recuerdos del dolor que me demolió en el piso antes de él? ¿Dónde quedaron las nociones y sensaciones nulas que alguien, aquél, había dejando en mí tirándome a los primeros y últimos dos pasos detrás de aquél? ¿Qué había pasado con los hematomas y las heridas sangrantes por los golpes de la caída? Que ya no ardían ni se sentían.
Quemaba más el roce de su piel contra la mía como si el color de su pelo dictara la temperatura con la que debían hervir mis sentidos, mis nociones, mi dolor y mi amargura convertidos en pasión destilada y pura. Lo último que pude ver fueron sus profundos y dulces ojos, pupilas increíblemente azules con una fluorescencia de deseo impaciente en plena oscuridad.Un estremecimiento de vértigo me hizo apretar a la almohada para sostenerme de una caída imposible a la mitad de la cama con las sábanas encima. Una mirada obstinada y pesada se clavaba en mi espalda. El sudor de mi rostro era frio y al dar la vuelta hacia la puerta en dirección de mis pies una silueta frente a mi cama se desvaneció inmediatamente. Las heridas volvieron a arder
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