La soledad suena a cascabeles, suena a lluvia, suena a gritos. Suena a que nadie la escucha.
Cierro los ojos, hay oscuridad. Los abro: sólo oscuridad. Ya no temo a la noche, ni a sus estrellas ni a sus demonios. Simplemente te temo a ti. A tus estrellas y a tus demonios.
Sólo cerraré los ojos: es mejor vivir sola, en la noche.
Escucho a la lluvia llamar a mi ventana, cada gota que cae sigilosamente y otras se estrellan en el cristal…
Y es que el cielo no quiere interrumpir mis pensamientos…
Sabe que pienso en ti todo el tiempo.
En esta esquina, en la de siempre, ronda cada uno de mis sueños. Mis alas nuevas; no las veo. Tal vez aun no las tengo.
Aquí aguardan mis esperanzas, en este gran árbol, en este nido, en este arrollo que son mis ojos, mi mente, mi cuerpo y mi alma. En este mismo lugar te seguiré esperando, todas las noches de Luna llena, como aquella noche, como aquella hermosa noche.
Quizá yo misma soy la noche, soy el silencio, soy el abismo, soy el suplico, soy el suplicio que nace tras la madrugada, soy la sombra que descansa en la silla mirando con envidia cómo te acaricia el viento.
O quizás yo misma soy mi agonía, soy el recuerdo de ayer cuando vivimos. Yo misma soy el recuerdo de ayer. Yo misma soy mi soledad y mis ataques, la suave lluvia. Y en mis pasos las horas rotas de los momentos que te amé, que te amo todavía.
Quizás yo misma soy mi locura en este sueño plateado y el resto de mis demonios me asechan justo cuando mas te extraño.
A veces pienso que soy el aire que ronda tu cuarto, que se ahoga lento y permanece olvidado. Me muero con mis abrazos, con mis lagrimas sin remedio, con este y todos mis te amo. Yo misma soy mi agonía, soy el castigo. Yo misma soy el olvido, soy la insaciable esencia que vela tu sueño y que sigue mirando con envidia al viento.
Soy el abismo, soy el silencio y quizás, sólo quizás, soy la noche que observó tristemente tu partida.
Despiertas, cierras la ventana.
Y luego, ya no hay nada que amar; maldita sea.
No. Ya no.
Me rindo.
Porque todo esto me traga y me desintegra, porque cuando empiece un recuerdo lo destruiré de inmediato interrumpiéndolo con otro recuerdo que no sea de ti. Es todo.
No más luchas absurdas. No más por lo que no es para mí.
No más lagrimas estúpidas, no mas heridas a mi pobre alma.
Se acabó la envidia, mi envidia al viento. Porque quizá. O muy probablemente, yo, ya no sea yo.
jueves, 28 de mayo de 2009
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